Así que, me levanto temprano y me dispongo a limpiar. Sí, yo. Isaura, la esclava, ajajaj. [Qué cara dura]. Busco balde, agua y algún desinfectante para comenzar con mi empresa de dejar este lugar como nuevo, brillante, radiante, como antes. Bueno, ahora que lo recuerdo nunca estuvo demasiado limpio, mi madre tampoco es devota de la escoba.
So, me dispongo a trapear, porque si no lo hago yo, no lo hace nadie. Comienzo por el living, sigo por la cocina, el baño lo dejo casi para lo último, y empiezo en una de las habitaciones. Un quilombo. Bolsas y ropa por todos lados, cajas y más cajas, después de levantar todos los bartulos, barro y paso el trapo.
De ahí, sigo a otra habitación en donde debo hacer algo similar. Mas luego, termino en la que es mi habitación, y en dónde suelo tener varias carteras desparramadas por el piso. Mágicamente, y para que vean que trabajar trae sus frutos, saco del interior de una de ellas un billete de $100. Señores, así si vale la pena limpiar. Ven, después de todo el dicho tiene razón: al que madruga Dios lo ayuda, [y al que limpia, también].


